Y Ares apenas la había tocado, excepto con los ojos. A Hanah casi le dio miedo pensar lo que ocurriría cuando la tocará con las manos. Cuando no solo tocará su cuerpo, cuando también tocará su alma, y su corazón.
Despacio, y aún mirándola, Ares se quitó la toalla que le rodeaba el cuello y la dejó caer al suelo.
Entonces, irresistiblemente, le puso las manos en los hombros y la estrechó contra su cuerpo, apretándole los senos a su pecho fuerte y cálido. Bajó la cabeza y, con la boca, saboreó la