El gran día llegó con el aroma del cielo limpio sobre Milán. No era una mañana cualquiera, era la mañana en la que Melissa se convertiría en la esposa de Bruno, bajo la mirada de un centenar de invitados, con el corazón latiendo al compás de promesas silenciosas, tejidas durante noches largas y confesiones veladas.
La boda se celebraría en Villa Erba, un palacete renacentista a orillas del lago de Como, rodeado de jardines que parecían salidos de una pintura clásica.
Bruno había reservado todo