Al escuchar las últimas palabras de Devan, la mandíbula de Daniel se tensó al instante.
Los ojos que hasta hacía un momento reflejaban orgullo y arrogancia se abrieron de par en par, llenándose de un miedo imposible de ocultar. Su respiración, que ya era agitada, pareció detenerse en su pecho, mientras el monitor cardíaco junto a su cama comenzaba a emitir pitidos cada vez más rápidos y estridentes.
Daniel sabía perfectamente a qué se refería Devan.
Sabía que no estaba fanfarroneando.
El accide