Clyde estaba en la cabina telefónica. Había preferido llamar desde allí porque las comunicaciones en el norte de Escocia se ponían pesadas a veces.
—¿Aló? —se escuchó la recia voz de su padre después de varios repiques— ¿Con quién desea hablar?
—Hola, padre —dijo Clyde con voz alegre.
—¿Clyde? —dijo su padre— ¿Cómo estás? ¿Todo bien por allá?
—Sí, padre. Todo va bien por aquí —Clyde sentía un extraño desasosiego.
—¿Y eso que llamas ahora? —le preguntó— Casi siempre llamas los fines de semana,