- ¡No vas a salirte con la tuya!.- grité desde el acantilado a nadie en especial. Bueno, eso era mentira, a nadie en especial no, a mi padre, pero sabía que no me podría escuchar, porque él pocas veces salía de su fortaleza construída en el centro de la isla.
Hacía ya casi un mes que estaba en aquella isla abandonada por todo y por todos, donde los únicos habitantes éramos mis padres, dos criados y yo.
Mi padre consiguió sacarnos de la casa de la Manada en un discreto vehículo que aquel hombre