Mi Hermana Lo Tuvo Todo, Hasta Mi Esposo
Mi Hermana Lo Tuvo Todo, Hasta Mi Esposo
Por: Daniela Ibarra
Capítulo 1
No dejaba que Roberto contestara las llamadas de Carolina ni que se vieran a solas. Todos me acusaban de celosa, y yo nunca lo negué.

Hasta que Carolina quedó embarazada y Roberto mandó desmantelar mi estudio de pintura para convertirlo en un cuarto para el bebé de Carolina. Destrocé la habitación; ella se asustó tanto que terminó hospitalizada.

Roberto me exigió una explicación:

—Ella siempre te ha cedido todo desde que eran niñas. ¿Por qué sigues sin soportarla?

Me cubrí la cara y me reí. Resultaba que, para todos, siempre había sido Carolina quien cedía.

Esta vez dejé de luchar. Me habían diagnosticado cáncer terminal y me quedaban menos de tres meses. Fui cediéndole a Carolina mi estudio, mis acciones y todo lo demás, una cosa tras otra.

Pero Roberto me detuvo.

—¿Qué estás tramando ahora?

Le puse el acuerdo de divorcio en las manos.

—Llevo años peleando por todo. Ya me cansé. También te dejo libre para estar con ella.

***

El día en que recibí el diagnóstico, llamé a Roberto mientras el médico ponía los resultados frente a mí. La primera vez no contestó; la segunda rechazó la llamada. A la tercera, escuché la voz suave de Carolina.

—Miranda, Roberto está manejando. No puede contestar.

De fondo, lo oí decirle en voz baja:

—Abróchate el cinturón.

Apreté el celular. Durante nuestro primer año de matrimonio, yo también había dejado el cinturón desabrochado a propósito, esperando que se inclinara para ponérmelo. Pero él arrancó sin mirarme. Cuando frenó de golpe, me golpeé la frente contra el tablero. Me quedó un moretón. Su única respuesta fue:

—No esperes que siempre te consientan.

Así que sí sabía preocuparse por alguien. Simplemente no se preocupaba por mí.

—¿Adónde van?

—Al control prenatal —se apresuró a explicar Carolina—. Álvaro tuvo que salir de viaje por trabajo y Roberto estaba libre.

—Pásamelo.

Un momento después, escuché su voz distante.

—¿Qué quieres?

Bajé la mirada al informe: cáncer de estómago en etapa avanzada, múltiples metástasis, una expectativa de vida de no más de tres meses.

—Necesito hablar contigo esta noche.

—No tengo tiempo —respondió sin dudar—. El embarazo de Carolina es delicado. Tengo que ocuparme de ella.

Apreté la hoja del diagnóstico.

—Yo también estoy en el hospital.

Hubo un instante de silencio. Casi creí que por fin me preguntaría qué me pasaba, pero cuando volvió a hablar, solo percibí fastidio en su voz.

—¿Ahora qué hiciste?

Sus palabras me quitaron las fuerzas para seguir hablando. Durante años, había fingido enfermedades e incluso provocado un accidente de auto para que dejara a Carolina y viniera a verme. Convencida de que no me abandonaría de verdad, había arriesgado mi salud una y otra vez para obligarlo a prestarme atención.

Ahora pagaba el precio de tantas mentiras: me estaba muriendo de verdad y él ni siquiera quería preguntarme qué me pasaba.

—Nada. Quédate con ella.

—El examen de hoy es importante. No vengas a hacerle otra escena —me advirtió.

Miré el informe y, de pronto, me reí.

—Tranquilo. No volverá a pasar.

Desde que a Carolina le diagnosticaron la enfermedad a los tres años, mi vida se había reducido a ceder. Necesitaba reposo, así que le cedí mi habitación, la que recibía más sol. No podía alterarse, así que yo no tenía permitido llorar, ni siquiera cuando me regañaban.

A los dieciocho años me aceptaron en una universidad de bellas artes en el extranjero, pero mis padres usaron el dinero de mi matrícula para pagarle una operación. Me abrazaron y me dijeron:

—Miranda, tú tienes salud. Ya tendrás otra oportunidad.

Desde ese día me negué a seguir cediendo. Si a Carolina le gustaba un vestido, yo tenía que quedármelo. Si quería un proyecto, yo tenía que conseguirlo. Cuanto más dulce y comprensiva se mostraba ella, más caprichosa y cruel me volvía yo. Ya había entendido que portarse bien no servía para conseguir nada.

Por Roberto libré mi batalla más feroz.

Antes de que Carolina se casara con el mayor de los Sandoval, encontré la carta de amor que Roberto le había escrito. Le rogaba que se fuera con él, pero ella había elegido a su hermano.

Entonces ofrecí financiar el rescate de los Sandoval con los dividendos de las acciones que me había dejado mi abuela materna. Solo puse una condición: que Roberto se casara conmigo.

El día de nuestra boda me apretó la mano sin dejar de mirar a Carolina, sentada entre los invitados.

—Miranda, más te vale no arrepentirte.

Soporté el dolor y sonreí.

—El que se arrepienta es un cobarde.

Habían pasado siete años y él seguía sin amarme. Yo, en cambio, estaba a punto de morir.

Al salir del consultorio, vomité sangre y terminé desmayándome. Cuando recuperé el conocimiento, me negué a quedarme internada y a que avisaran a mi familia. Como el informe no aparecía, me imprimieron otra copia. Poco después, al salir del hospital, recibí un mensaje de Sergio, el mayordomo:

«Miranda, Roberto mandó vaciar tu estudio. Carolina vendrá a pasar el embarazo a la casa familiar y van a convertirlo en un cuarto para el bebé».

Corrí a casa de los Sandoval. Ya habían desmantelado buena parte del estudio. Los caballetes estaban amontonados en el patio. Los lienzos estaban tirados en un charco, pisoteados y cubiertos de lodo. Incluso habían cortado por la mitad el retrato de Roberto en el que llevaba siete años trabajando.

—Roberto dice que aquí hay mejor luz y que es lo más adecuado para el niño —explicó Sergio.

Lo aparté y entré. Habían metido mis trofeos en cajas de cartón. El piano estaba cubierto de artículos para bebé, y junto a la ventana había una cuna nueva con juguetes que Roberto había elegido personalmente.

Perdí el control. Agarré un martillo y destrocé la cuna.

Al atardecer, Roberto volvió con Carolina. En cuanto ella vio el desastre, se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Miranda, no sabía que Roberto no te había preguntado…

—Este es mi estudio. —Tiré un muñeco a la basura—. Tu hijo tiene padre. No le corresponde a mi esposo hacerse cargo de él.

Roberto se puso delante de ella y me miró con frialdad.

—Pídele perdón.

Señalé los cuadros pisoteados en el lodo del patio.

—Esos son mis cuadros. Son siete años de trabajo. ¿Quién te dio derecho a destruir mi estudio para dárselo a ella?

—Son unas pinturas de porquería. ¿De verdad importan más que Carolina y el bebé? —me interrumpió, impaciente—. Ella está enferma. Si le pasa algo al bebé, tú vas a tener que hacerte responsable.

Me quedé mirándolo. Unas pinturas de porquería. Había retocado los ojos de su retrato cuarenta y siete veces hasta dejarlos como quería. Había pasado incontables madrugadas en el estudio, pintándolo de memoria mientras esperaba que volviera. Eran siete años de trabajo y de amor. Para él no valían nada.

Carolina tiró suavemente de su manga, con los ojos húmedos.

—Déjalo, Roberto. Si Miranda no quiere, me voy. Al fin y al cabo, llevo toda la vida cediéndole las cosas. Ya estoy acostumbrada.

Roberto ya parecía convencido de que yo era la culpable. Me miró como si fuera una loca sin remedio.

—Ella te ha cedido todo desde que eran niñas. Ahora solo necesita usar tu estudio unos meses. ¿Por qué sigues sin soportarla?

Me eché a reír. Cuando Carolina se quedaba con mi habitación, la egoísta era yo por no querer ceder. Cuando él destruía siete años de trabajo, solo eran «unas pinturas de porquería».

Para ellos, bastaba con que Carolina quisiera algo para que dejara de pertenecerme. Incluso negarme a dárselo me convertía en una mala persona.

De un manotazo, tiré los botes de pintura. Carolina retrocedió con un grito y Roberto se apresuró a protegerla. Al instante siguiente me dio una fuerte bofetada.

La cabeza se me fue hacia un lado y enseguida sentí el sabor de la sangre. Él pareció quedarse paralizado y levantó la mano como para tocarme, pero Carolina se llevó de pronto una mano al pecho y se desplomó en sus brazos.

—Roberto, me siento mal…

La cargó de inmediato. Al pasar junto a mí, me dijo con frialdad:

—Si les pasa algo a ella o al bebé, jamás te lo voy a perdonar.

La puerta se cerró de golpe. Me cubrí la mejilla y solté una carcajada.

—¿Qué me ha cedido ella?

Era la favorita de mis padres. Se había casado con el hombre que había elegido. Hasta el corazón de mi esposo siempre le había pertenecido.

Yo llevaba siete años al lado de un hombre que no me amaba. ¿Por qué, además, tenía que agradecerle a ella que me lo hubiera dejado?

Recogí del patio lo que quedaba del retrato de Roberto y volví al estudio. Un dolor intenso me atravesó el estómago. Me apoyé en la pared, tuve una arcada y vomité sangre sobre el lienzo. La copia del informe médico se deslizó de mi bolso. Me agaché, la recogí y la tiré a la basura junto con lo que quedaba del cuadro. Después le escribí al abogado:

«Prepárame un acuerdo de divorcio. Transfiere también todas las acciones que están a mi nombre a Carolina».

Si todos insistían en que ella siempre me había cedido todo, iba a devolvérselo. También a Roberto.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP