En otro lado, en la prisión para mujeres, los barrotes de acero inoxidable eran fríos; las paredes estaban cubiertas con una pintura gris desgastada, y había una cama plegable simple y estrecha, una manta gris y un baño básico. Eso era todo lo que había allí.
Celia se recostaba en la cama, mirando el techo, iluminado por una débil bombilla. Su estado mental estaba a punto de colapsar; no podía soportar este lugar ni un solo día más. La manta era áspera y húmeda, con un olor a moho que la hacía p