Ella estaba muy preocupada. Del otro lado del teléfono, inesperadamente, reinaba un silencio absoluto.
—¡Mamá! ¿Estás ahí? ¿Qué debemos hacer ahora? —preguntó con angustia.
—Esa criada no puede quedarse en casa—Después de un breve silencio, Ema habló con una voz bastante lúgubre. —Haz como si nada de esto hubiera pasado, no queremos alertar a nadie. Envía a alguien que la vigile muy sigilosamente. Cuando sea el momento adecuado, mátala.
Clara se recuperó y fue dada de alta del hospital. El día d