La cara de Alejandro estaba hosca otra vez y cerró con más fuerza sus labios.
Había dado el precio de nueve millones. Seguramente no era difícil dar diez millones.
Irene de repente bajó la mano no porque no pudiera pagar sino porque quería abandonarla.
¡Ella lo hizo así a propósito!
Pero no podía decir más, porque nadie obligó a Beatriz a comprar esta pintura a un precio tan alto. Todo era su voluntad.
Pasaron unos artículos de subasta y Clara era muy calma, que no levantó su mano.
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