Rodrigo tomó la cálida y húmeda mano de Noa, caminando juntos hacia el horizonte, sin apartar sus miradas del uno al otro.
Vio que la chica tenía las palmas de las manos sudorosas por los nervios, sonriendo con una ligera risa dulce e ingenua, que envolvía su bello rostro. Hermano Rodrigo, ¿por qué no vamos al estacionamiento subterráneo? —preguntó Noa, preocupada, cuando llegaron a la sala del hotel.
—Mi coche está estacionado en la entrada principal, el estacionamiento subterráneo es muy com