Ante los ojos de Rodrigo, como la señorita menos notable de la familia Hernández, Noa no tenía valor para ser llevada a casa como la señora de la casa. Su mayor valor radicaba en ser un objeto de lujo escondido en su palacio dorado.
—¡Clara! — Rodrigo sintió estremecer, y por primera vez, se sonrojó frente a Clara.
Finalmente, entendía por qué Alejandro había tosido sangre.
¿La había enfurecido?
—Basta, no sirve de nada discutir más. Respeto todo amor verdadero en este mundo, pero no quiero que