Inés ya estaba un poco ebria, pero de repente fue abrazada por Aarón y recuperó en gran parte la sobriedad. Su rostro, sus mejillas rosadas como pétalos de durazno, sus puntiagudas orejas y su largo y blanco cuello de cisne se tiñeron de un rubor deseable.
—Señorita, ten cuidado— Aarón pensó que estaba muy ebria al verla tambalearse, y su preocupación se evidenciaba en sus ojos. Extendió su largo brazo y rodeó su delicada cintura, abrazándola más fuerte.
De repente, su garganta se secó y su cora