En ese momento, el cielo ya algo oscuro, tronó con un rayo sorprendente. Y ese rayo pareció caer directamente sobre Alejandro, dejándolo paralizado y sin poder moverse. Solo su corazón ardiente latía descontroladamente, mientras mil emociones complejas se agitaban en su pecho.
—Francisco, Irene, ¿cuánto tiempo ha estado patrullando las montañas aquí? — Alejandro habló con una voz tensa y apagada, como si estuviera conteniendo una emoción abrumadora.
—Han sido tres años. Durante los últimos tres