Cuando Alejandro Hernández regresó a Villa Marejada, estaba empapado como si lo hubieran sacado del agua. Alba María corrió hacia él para secarlo, pero él la apartó lentamente con un aire sombrío y subió las escaleras.
—¿Qué le pasa al joven señor? ¿Quién lo ha ofendido?— preguntó preocupada Alba María a César Antonio.
—Tendrás que consolar al gerente general Hernández cuando tengas tiempo, ¡lo han estafado!.
—¿Qué? ¿Cómo es posible que alguien tan astuto como el joven señor haya caído en una tr