—¡Joven!
Desde arriba, se escuchó el grito angustiado de Luisana.
Los párpados temblorosos de Rodrigo se levantaron de golpe, sus pupilas enrojecidas, ocultando una fuerte tormenta, se contrajeron una y otra vez.
En lo alto del trampolín de diez metros de la piscina, Luisana estaba atada de manos con una gruesa cuerda de cáñamo, junto con un matón de Walter apuntándole con un arma en la cabeza, al borde del peligro inminente.
Bajo sus pies, una altura realmente aterradora, ya que no había en ese