Rodrigo ignoró por completo las burlas de Enrique, respiró profundamente y apretó con fuerza la mano de la chica, cuya palma temblaba ligeramente por los nervios. —Amo a Noa. No me casaré con nadie más en esta vida. La haré la mujer más feliz en este mundo.
Dicho esto, el hombre giró la cabeza para mirar a su amada, con lágrimas profundas como el océano en sus ojos. —Por favor, permítame casarme con Noa.
Un rubor tímido apareció en el delicado rostro de Noa, sintiendo un cálido flujo en su pecho