—¡No, Aarón, por favor, no pienses así! Estoy muy feliz cada día contigo, nunca me siento agraviada.
Inés sostenía el rostro húmedo del hombre, con los ojos enrojecidos de preocupación. Cada lágrima suya parecía cavar hoyos profundos y sombríos en su tierno corazón.
Cuánto resistente era su Aarón, nadie lo entendía mejor que ella. Después de colaborar con gran valentía, con su hermano mayor y su hermana durante tanto tiempo, enfrentándose a todo por ellos y siendo la persona más fuerte bajo sus