César temblaba mientras se secaba el sudor. —Solo...solo pensé que si no puede dejar ir a la señora Isabel ¿por qué no le habla claramente? ¿No sería mejor que la señora Isabel entendiera sus sentimientos?
—¿Mi Sentimientos? Je... —el hombre soltó una risa fría y apretó los dientes. —Mis sentimientos ya están decididos. ¡Nunca volveré a casarme con Irene!
—Entonces, ¿qué hay de lo que está haciendo esta noche? —preguntó César tímidamente.
—¡Conduce el auto! —Alejandro gritó roncamente, asustando