—Por fin te acuerdas de que estoy sentado a tu lado.
Teófilo murmuró, girando la cabeza para admirar el perfil apuesto de Diego. —Me has dejado aquí al lado durante más de media hora. Ya he decidido, aguanto un minuto más, y si no me prestas atención, dejaré de prestártela también.
Diego, seducido por el temperamento infantil de Teófilo, sintió un ligero estremecimiento en su corazón, pero preguntó con indiferencia: —¿Sueles tomar el té de la tarde con las señoras?
—Sí.
—Siendo tan joven, ¿no te