—Entonces, Alejandro, ¿qué me darás como recompensa?
—¿Recompensarte? Como secretario, ¿no hace eso parte de tu trabajo? — La voz de Alejandro llevaba un tono de pereza sutil.
César se puso rojo como un tomate. —La señora ya me ha recompensado. Si no me recompensas, ¿no temes que la señora piense que eres un simple tacaño?
Alejandro respondió: —¿A quién estás amenazando?
—¡No! — César enderezó de inmediato su postura, con sudor en la frente.
—Hace mucho que no descansas. Te daré unas vacaciones