—Señor Pérez...
La garganta de Alejandro parecía haber sido aplastada por una rueda gigante, tan ronca que apenas se podía entender lo que decía.
—¡Alejandro!
Diego abrió sus ojos carmesíes, con una furia ardiente en su pecho, como una bestia enfurecida que se lanzaba ferozmente hacia Alejandro, que permanecía rígido en su lugar.
Alejandro vio el puño frío y feroz que se dirigía hacia su mejilla, pero no se movió un centímetro.
Golpéalo, debería golpearlo.
Incluso si Diego lo golpeara hasta mata