—¡Cabrón! ¡Devuélvemelo!
La cara de Clara se volvió enrojecida. Su suave cintura se pegaba firmemente a Alejandro, mientras su mano izquierda se aferraba a su amplio hombro para mantener el equilibrio.
Ella era inquieta como un mono travieso, y la gran mano de Alejandro en su cintura no tenía intención de soltarla fácilmente. Clara sintió un escalofrío en su pecho cuando Alejandro apretó su cintura una y otra vez, con un ligero deseo de posesión.
A través de la suave tela, su palma ardía con la