Diego irrumpió furioso, con el cabello despeinado y la ropa arrugada, parecía haber corrido todo el camino hasta la tienda.
Se acercó para agarrarme, sin dudarlo. Pero lo esquivé con asco, refugiándome instintivamente detrás de Mateo.
—No me toques —le dije con dureza.
La mano de Diego cayó vacía, un destello de dolor cruzó por sus ojos que rápidamente, fue reemplazado por una furia desesperada.
—¡Valeria, hasta los berrinches tienen límites! —gritó, su voz resonó en la boutique.
Las asistentes