Renata no quería escucharlo. Sabía que solo repetiría las mismas disculpas. Pero, si cinco minutos podían darle tranquilidad después, quizá valiera la pena.
—Solo cinco minutos.
Martín la miró con tristeza. La mujer que siempre había sido amable y educada con todos ahora parecía un erizo, lista para defenderse. Pero solo podía culparse a sí mismo.
—Sé que puede sonar a excusa, pero defendí a Catalina a toda costa porque creía, por error, que ella me había salvado la vida. Durante estos tres años