20 mil dólares no significaban nada para Armando. Miré el cheque en su mano y sentí un escalofrío recorrer mi espalda. La cifra, escrita con trazos firmes y seguros, parecía brillar bajo la tenue luz de la habitación. Sería mentira decir que no me tentaba, ya que necesitaba mucho ese dinero. Las facturas se acumulaban sobre mi mesa, y el alquiler vencido pesaba como una losa sobre mis hombros.
Pero mi orgullo, esa parte terca y obstinada de mi ser, se alzó como un muro infranqueable. Había jurad