Apenas entré por la puerta, sentí una fuerza en mi mano y al segundo siguiente me encontré acorralada contra la pared, mientras Armando cerraba la puerta tras de sí con un golpe seco.
—¡Armando, ¿qué estás haciendo? —exclamé, con el corazón latiendo desbocado—. ¿Sabes que podrías matar a alguien del susto con esto?
El repentino movimiento de Armando me sobresaltó. Lo miré con reproche, con fuego en los ojos. Mi respiración agitada era audible en el silencio de la habitación.
Armando me observó c