El chillido agudo de Gabriela resonó en los oídos de Mariana, quien no pudo evitar llevarse una mano a la oreja. A veces, realmente pensaba en regalarle a su suegra unos cuantos caramelos para la garganta; ¿de dónde sacaba tanta energía para gritarle todos los días?
Con calma, Mariana le respondió:
—Lo siento mucho, pero fue tu hijo quien lo hizo. Puede que haya sido un poco brusco, pero... estoy bastante satisfecha.
Mientras hablaba, observaba detenidamente la reacción de Gabriela, quien, com