En ese momento, sonó el teléfono. Era el asistente Juan:
—Señor Mateo.
—¿Qué pasa? ¿Se arrepintió?
—No. La señora no ha cedido, ni ha llamado pidiéndole ayuda, pero alguien ha intervenido.
En la celda de detención, Lily ya había abofeteado a Mariana hasta dejarle la cara roja, pero aún no estaba satisfecha. Justo cuando estaba a punto de patearla con su tacón alto, un pie grande la lanzó varios metros hacia atrás.
De repente, la puerta se abrió de golpe con un estruendo. Desde el oscuro pasillo