Habían pasado tres días desde que Sage desapareció y Aurora fue arrojada a su peor pesadilla. No lo había visto en tres días, no había escuchado su voz y nadie podía decir si estaba vivo pero inconsciente. No se le encontraba por ninguna parte y su odio hacia él no dejaba de crecer.
—¡Ni siquiera me dijo a dónde iba! —gritó, con la voz temblando de rabia. Sus garras se cerraron en puños apretados, las uñas clavándose en las palmas de sus manos. Ni siquiera sentía el dolor mientras se dirigía fu