Sage estaba sentado en el frío suelo de piedra de la cámara de la Vidente, con la mirada fija en el anciano. Había tomado una decisión y nada lo haría cambiar de opinión, ni todas las advertencias ni las amenazas del mundo.
—Estoy listo —dijo Sage, con una voz cortante como un cuchillo afilado atravesando la carne—. Basta de sermones. Basta de advertencias.
Se puso de pie, con los ojos clavados en los de la Vidente, sin parpadear.
—Para ser sincero, el mundo místico no es tan aterrador. Lo en