Esa mañana hablé con Gerardo respecto a lo que estaba sucediendo en torno a los rumores que había sobre Esmeralda. No me fue difícil, aunque sí doloroso, descubrir quién los había originado. Cuando bajé a desayunar, encontré a mi madre en el restaurante y me senté en su mesa.
—¿Descansaste? —preguntó antes de llevar la taza con café a sus labios.
—Como un bebé con el estómago lleno —respondí—. Pero me di cuenta de que no necesitaba de los somníferos que me diste, sino de darme cuenta de la ver