Cuarenta minutos después, Caleb había salido de ducharse y portaba un delgado pantalón deportivo azul oscuro y una camisa sin mangas, Leia alzó su vista a verlo y detallar lo fornido que lucía su pecho, casi se quema con el aceite al freír los empanizados camarones que preparaba.
—Demonios, Leia— se regañó al volver a prestar atención a lo que hacía.
—¿Todo a salvo? — preguntó Caleb al asomarse, Leia entrecerró los ojos.
—Por supuesto, ¿qué pensabas? –
Él apenas sonrió —¿Te molesta si mientras espero reviso mis correos? –
—Ah, por supuesto que no, además, no demoraré — aseguró y le sonrió.
El ojiazul tomó dirección a la pequeña