A media madrugada Leia despertó, la luz de la luna le golpeaba suavemente la cara y abrir sus ojos había sido casi doloroso, por lo mucho que había llorado; su cabeza dolía y su estómago también la molestaba, sólo que éste, exigiendo alimento.
Leia se maldijo internamente por tener hambre, cerró los ojos y se refugió en el calor que le proporcionaba una manta sobre su cuerpo. Frunció el ceño al extrañarse y se sentó sobre el colchón.
«¿Y esta manta?» se preguntó mentalmente. Ella no se la hab