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Después de un rato decidí levantarme de la silla y le pedí a Adal que me indicara el camino del tocador. Para mi suerte Adal se ofrece a acompañarme, quise negarme, pero decidí quedarme callada.
Yendo hacia el tocador de mujeres le pregunto qué tan frecuente ha visitado este sitio. Con mi rostro y mis palabras expresé lo hermoso que es este lugar, el dueño se encargó de traer a Italia a esta ciudad.
A pocos pasos llegamos al tocador de mujeres, le digo que me espere, doy media vuelta y entro.