Delia se paseaba nerviosamente por su habitación.
Cada sonido era motivo de susto.
Cada voz que podía oír era motivo de sobresalto.
Su corazón palpitaba a gran velocidad; sentía una opresión en el pecho y su frente sudaba cada vez más. Sus dedos se cansaban de retorcerse, sus rodillas se doblaban mientras el tiempo pasaba y debía tomar su decisión. No soportaba la idea de ser cómplice por haber oído tantas confesiones de la boca de quien era su marido.
¿Cómo pudo haberse casado con un monstruo?