CAPÍTULO 22
Sergei me observa con los ojos bien abiertos, mientras que yo intento reincorporarme desde el piso. La luz se va y vuelve cada cinco segundos. La tormenta es tan fuerte que sacude la embarcación y es casi imposible moverse dentro de esta. Mi corazón late con fuerza y aunque intente devolverme hacia la habitación en busca de mi móvil y así llamar a mi padre por ayudar, volver allí sería prácticamente un suicidio. El italiano sujeta mi mano cuando el agua que se ha colado en el yate q