Omar llegó a su habitación y cerró la puerta con un movimiento seco, como si al hacerlo pudiera contener todo lo que llevaba dentro. Pero no fue así.
El silencio lo golpeó con más fuerza que cualquier discusión.
Avanzó dos pasos y, sin advertencia, cayó de rodillas. El impacto contra el suelo no le dolió; lo que dolía era lo que venía detrás. Su respiración se volvió irregular, rota, como si el aire no alcanzara a llenar sus pulmones.
Negó con la cabeza una y otra vez, intentando expulsar las im