El aire en el pasillo se volvió denso, sofocante, cargado de una electricidad peligrosa.
Hasret sentía un miedo atroz paralizándole las piernas; cada uno de sus latidos retumbaba en sus oídos como un tambor de guerra.
Una voz en su interior le gritaba que diera media vuelta y escapara, que huyera antes de que fuera demasiado tarde. Sin embargo, no podía. Estaba clavada al suelo, prisionera de la propia trampa que acababa de tender.
A solo unos pasos de ella, Murad comenzó a tambalearse.
De pront