Samyra sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
Las voces comenzaron a mezclarse a su alrededor. Médicos, enfermeros, pacientes y familiares murmuraban entre sí, algunos observándola con incredulidad, otros con abierta desconfianza.
No necesitaba escuchar sus palabras para comprender lo que estaban pensando.
La creían culpable.
Creían que ella había intentado matar al hombre por el que había arriesgado su propia vida una y otra vez.
El aire dejó de entrar con normalidad a sus pulmones.