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Capítulo 3: Hazme olvidarlo

Punto de vista de Clairessa

Vi a Gabriel dirigirse hacia un pasillo poco iluminado que supuse llevaba a los baños. El corazón me golpeaba el pecho como un tambor porque sabía que esta podía ser mi única oportunidad. Sin pensármelo dos veces, fui detrás de él.

El pasillo estaba en silencio, la música de la sala principal apenas se oía de fondo. A mitad de camino, Gabriel debió notar que lo seguía porque paró en seco y se giró de golpe. Me quedé clavada en el sitio cuando su mirada intensa me atrapó.

Antes de que pudiera dar un paso más, se movió rápido como un rayo, acortó la distancia y me empujó contra la pared. Su cuerpo musculoso me encerró por completo, sus manos sujetándome las muñecas por encima de la cabeza.

Se me cortó la respiración. La pared fría me helaba la espalda mientras su calor me envolvía.

—Tú otra vez… —murmuró con un tono entre divertido y peligroso. Sus ojos me recorrieron despacio, evaluándome—. ¿Ahora me sigues?

Por un segundo no pude ni hablar. La forma en que sus ojos ardían sobre los míos, oscuros y jodidamente intensos, me mareaba… y no era solo por los chupitos de antes.

En vez de contestar, me incliné hacia él, rozando mis labios con los suyos mientras susurraba:

—He venido por ti.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios. Su mirada me recorrió entera, deteniéndose donde quería, haciendo que se me encendiera la piel.

Me sentía expuesta, pero me daba igual. Aquella mirada me provocó un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo.

—¿Cómo te llamas? —preguntó con voz calmada, pero con una fuerza detrás que no pasaba desapercibida.

—Clairessa —respondí, con la voz un poco temblorosa.

—¿Cuántos años tienes?

—Veintidós… —contesté rápido, y luego me corregí—: Espera… veintitrés. El alcohol me tenía la cabeza un poco espesa y vi que él no se lo tragaba del todo.

Su mirada me atravesó.

—Has bebido —dijo sin rodeos—. Yo no me lío con niñatas que no piensan con claridad.

Levanté la barbilla, reuniendo todo el valor que me quedaba.

—Pienso lo suficientemente claro como para saber lo que quiero —le solté.

—Además, no soy ninguna niñata. Soy una mujer adulta que sabe perfectamente lo que desea.

El corazón me iba a mil mientras observaba su cara. Podía ver la lucha interna en sus ojos, cómo intentaba resistirse a la atracción que había entre nosotros.

—¿Y qué es lo que deseas? —preguntó entornando los ojos.

—A ti —respondí sin dudar ni un segundo.

Durante un instante, el aire entre nosotros crepitaba. Luego se acercó más, su cara a centímetros de la mía, su aliento caliente y tentador.

—No sabes lo que estás pidiendo.

—Puede que sí lo sepa —mi voz sonó más suave, pero igual de segura—. Sé lo que veo: un hombre que me desea tanto como yo a él.

Sus labios se curvaron en una sonrisa breve.

—Eres valiente, eso te lo reconozco. Pero yo no soy de los que se persiguen. Soy demasiado mayor y demasiado peligroso para ti.

—Precisamente eso es lo que quiero… el peligro —murmuré casi sin aliento. Su cuerpo duro apretado contra el mío me estaba volviendo loca de necesidad. Tenía que sentir más de él.

Aflojó un poco las manos en mis muñecas.

—Te estoy dando una oportunidad para que te vayas… porque si no, no voy a poder parar —dijo con una sonrisa oscura y peligrosa.

Por un segundo, la duda me cruzó la mente. Tenía razón, apenas lo conocía, y ahí estaba yo, dispuesta a entregarme a él aunque todo en él gritaba peligro. Pero el dolor en el pecho y el fuego en las venas no me dejaban echarme atrás.

—No me voy a ir —susurré, a pesar de la tormenta de emociones que sentía.

Soltó mis muñecas, pero en vez de apartarse, sus dedos rozaron el escote de mi vestido. Ese leve contacto me sacudió como una descarga, la piel me ardía donde me tocaba.

—Deberías hacerlo —murmuró, mientras sus labios me rozaban la mandíbula—. Corre mientras puedas.

—No tengo miedo —declaré, aunque la voz me temblaba… no de miedo, sino de puro deseo. Sabía que me estaba dando otra oportunidad para largarme, pero ya no podía.

Tenía el cuerpo entumecido bajo el suyo, pero por dentro estaba despierta como nunca, con una necesidad que nadie había despertado antes en mí. Esto ya no era el alcohol… era él. Lo miré sin vergüenza y susurré:

—Te quiero… aquí mismo… ahora mismo.

Sus labios flotaron sobre los míos, su aliento mezclándose con el mío cuando habló:

—Una vez que empiece… ya no hay vuelta atrás.

Tragué saliva con fuerza y asentí. Mi mirada bajó hasta sus labios, tan carnosos y tentadores. Lo observaba muerta de ganas mientras su lengua recorría despacio el labio inferior.

—¿Cómo coño voy a querer que pares cuando todo mi cuerpo está pidiendo a gritos que me toques?

Las palabras se me escaparon antes de que pudiera frenarlas.

Por un segundo pensé que volvería a apartarme, pero entonces algo dentro de él se rompió.

Sus labios se acercaron poco a poco y sus dedos rozaron suavemente mi escote. Ese roce hizo que mis tetas se apretaran más contra el vestido, los pezones se me pusieron duros como piedras y el pecho me subía y bajaba a toda hostia mientras el corazón me latía desbocado.

Todo se estaba poniendo demasiado intenso. Por un momento me entraron ganas de salir corriendo y fingir que nada de esto había pasado. Pero el calor que tenía entre las piernas era demasiado fuerte para ignorarlo. No iba a dejar que este momento se me escapara.

—Bésame —le susurré, pegando mi cuerpo al suyo en un roce lento y provocador—. Hazme olvidar a ese cabrón…

Los labios de Gabriel se estrellaron contra los míos, besándome fuerte y profundo. No había nada suave, solo un deseo salvaje ardiendo entre nosotros.

Me chupó el labio inferior, sus dientes rozando la carne sensible antes de apartarse solo para oír mi jadeo entrecortado… solo para hacerme desear más.

Ya estaba perdida, ahogándome en él. Su tacto, su olor, la forma en que su cuerpo dominaba el mío. Era fuego, y yo quería quemarme.

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