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Punto de vista de Clairessa
La noche no podía haber empezado mejor. Acababa de graduarme como la primera de mi promoción en Ingeniería Informática y había conseguido mi trabajo soñado en Storm Innovations, la empresa del padre de mi novio, Adrian. Por fin todo en mi vida encajaba. Estaba plantada delante de la puerta de su apartamento con una botella de champagne en la mano, muerta de ilusión por contarle la buena noticia y celebrarlo como Dios manda. Llevaba semanas planeando cada detalle de la noche: brindar por nuestro futuro, reírnos de las movidas de los últimos años y, quién sabe, hasta hablar de dar el siguiente paso serio en nuestra relación. Había soñado con este momento tanto tiempo que ahora que por fin había llegado, sentía que nada podía joderlo. Pero justo cuando fui a abrir la puerta, la ilusión se me cortó de golpe. Estaba sin llave. Adrian era siempre super paranoico con la seguridad. Me había advertido mil veces que cerrara con llave y comprobara dos veces la puerta cada vez que salía. Era una de las cosas con las que le tomaba el pelo, llamándole “el paranoico”. Entonces… ¿por qué coño estaba la puerta abierta de par en par? —¿Adrian? —llamé mientras entraba. Silencio. Algo no iba bien. El salón estaba ordenado como siempre, pero el aire se sentía pesado, como esa calma que viene antes de la tormenta. El corazón empezó a latirme más fuerte, aunque me dije a mí misma que estaba exagerando. A lo mejor solo se había olvidado de cerrar con las prisas para prepararse para nuestra celebración. Todavía con la botella en la mano, avancé por el pasillo hacia su habitación. Mis tacones resonaban suavemente contra el suelo de madera, el único sonido en todo el apartamento. Y entonces lo oí. Los gemidos suaves de una tía. Al principio pensé que me lo estaba imaginando, pero luego llegó la voz de Adrian. Baja, ronca, casi irreconocible. —¿Te gusta así, nena? Me quedé helada. Todo el cuerpo se me puso frío. Esto no podía estar pasando. Durante un segundo me quedé allí plantada, con la cabeza a mil por hora intentando encontrarle sentido a lo que estaba oyendo. A lo mejor no era lo que parecía. A lo mejor estaba sacando las cosas de quicio. Quería creérmelo con todas mis fuerzas. Pero tenía que saberlo. Con las manos temblando, empujé la puerta. Lo que vi me dejó sin aire. Adrian estaba encima de una mujer, moviéndose contra ella de una forma que no dejaba ninguna duda de lo que estaban haciendo. Las uñas rojo chillón de ella se clavaban en su espalda mientras gemía su nombre, con su melena pelirroja desparramada por la almohada. No le veía la cara, pero daba igual. La verdad estaba ahí, delante de mis narices. La botella de champagne se me escapó de las manos y se estrelló contra el suelo. El ruido fue brutal en medio de aquel silencio. Adrian levantó la cabeza de golpe. —¡Clairessa! Se bajó de la cama como pudo, intentando taparse con algo, pero yo ya no podía ni mirarlo. Sentía que el pecho se me estaba hundiendo y las piernas me fallaban. No podía quedarme allí. No podía enfrentarme a él ni a la tía con la que estaba. Sin decir ni una palabra, me di la vuelta y salí corriendo. —¡Claire, espera! —la voz de Adrian sonaba desesperada, pero no me paré. Las lágrimas me nublaban la vista mientras bajaba las escaleras a trompicones, con el corazón latiéndome tan fuerte que dolía. No sabía adónde iba, solo sabía que tenía que largarme de allí. Cuando por fin paré de correr, me encontré delante de la puerta de Jessica. Llamé con las manos temblando, respirando entrecortado. La puerta se abrió y la cara de Jessica se llenó de preocupación al instante. —¿Claire? ¿Qué pasa? Ya no pude aguantar más. Las lágrimas que había estado conteniendo salieron a borbotones mientras entraba y me tiraba a sus brazos. —Adrian… —se me quebró la voz—. Le he pillado con otra. Jessica se tensó y me abrazó más fuerte. —¿Qué? ¡Qué hijo de puta! —Estaba en la cama con otra tía —sollocé—. Lo he visto… con ella. Jessica me llevó hasta el sofá, me sentó y me abrazó mientras lloraba. —Lo siento muchísimo, Claire —dijo bajito, con la voz llena de rabia y tristeza—. No te merecías esto. —Pensaba que me quería —susurré—. Pensaba que éramos felices. Jessica se apartó un poco para mirarme, con cara de mala hostia. —Escúchame bien. Esto no es culpa tuya. Adrian es un gilipollas que no sabe lo que está perdiendo. Tú siempre has sido demasiado buena para él. —Pero ahora no sé qué hacer —dije, con la voz rota otra vez. Jessica me limpió una lágrima de la mejilla. —Lo que no vas a hacer es quedarte aquí llorando por ese cabrón. No se merece ni una sola de tus lágrimas. —No lo puedo evitar —respondí—. Le quería. Construí todo mi mundo alrededor de él. —Y ahora es hora de construir uno nuevo —dijo Jessica con firmeza—, uno sin él. Llevas demasiado tiempo poniéndolo a él primero, Claire. Es hora de ponerte a ti primero. Sus palabras removieron algo dentro de mí. No quería seguir sintiéndome así: débil, rota, impotente. Quería volver a sentirme fuerte. Jessica se levantó, me cogió las manos y me puso de pie. —Esta noche salimos. Sin reglas, sin arrepentimientos. Tú y yo, pasándolo bien y olvidando a ese imbécil. —No sé si puedo —admití. —Claro que puedes —dijo con una mirada decidida—. Y lo vas a hacer. Confía en mí, Claire. Esto es justo lo que necesitas. Dudé un segundo, pero luego asentí. —Vale. Vamos. La cara de Jessica se iluminó con una sonrisa. —Esa es mi chica. Y ya sé exactamente adónde vamos: al club privado de millonarios del que te he hablado. Es perfecto. —¿Estás segura? —pregunté—. Eso no suena nada a mi rollo. —Exacto —dijo riéndose—. Por eso mismo te va a venir de maravilla. Sal del caparazón, Claire. Demuéstrale al mundo… y a Adrian… que no eres la clase de tía que se queda tirada. No tenía fuerzas para discutir. En cuestión de minutos, Jessica me había convertido en alguien que casi no reconocía. El vestido que eligió era negro y ajustadísimo, con cordones de terciopelo rojo a los lados que se pegaban a mi cuerpo. Era mucho más corto de lo que yo había llevado nunca, apenas tapándome los muslos. El maquillaje era potente: ojos ahumados y labios rojo fuego. El pelo me caía en ondas suaves alrededor de la cara. Cuando me miré al espejo, apenas reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Parecía segura de sí misma, atrevida, sin miedo… todo lo que yo no sentía, pero que quería ser. La antigua yo se había ido. Y por primera vez, no estaba segura de querer que volviera.






