Lo miré a los ojos y noté que era sincero con su preocupación. Me ayudó a sacudir la arena de mi ropa y de mi cabello. Me había despeinado en menos de un minuto y él estaba ahí intentando arreglarme lo que podía. Le sonreí.
—Gracias —dije al acortar nuestra distancia—. No vuelvas a dejarme sola.
—Lo siento, fue imprudente de mi parte, no tenía que hacerlo, pero confié mucho en el guardia.
—Ese guardia nunca notó mi presencia ni tampoco oyó los gritos.
—¿Gritos? —disimuló sorpresa.
—Sí, ¿no los