Sospechas

Lo miré a los ojos y noté que era sincero con su preocupación. Me ayudó a sacudir la arena de mi ropa y de mi cabello. Me había despeinado en menos de un minuto y él estaba ahí intentando arreglarme lo que podía. Le sonreí.

—Gracias —dije al acortar nuestra distancia—. No vuelvas a dejarme sola.

—Lo siento, fue imprudente de mi parte, no tenía que hacerlo, pero confié mucho en el guardia.

—Ese guardia nunca notó mi presencia ni tampoco oyó los gritos.

—¿Gritos? —disimuló sorpresa.

—Sí, ¿no los oíste? Por eso me preocupé por ti, pensé que algo te había pasado.

—No —me sonrió como si tramara una broma de por medio—. ¿Estabas preocupada por mí?

—No seas presumido.

—¿Estabas a punto de poner en riesgo tu vida por mí?

—No sigas —ambos nos reímos—. ¿Podemos regresar a casa?

—Seguro.

Cuando regresamos eran las doce de la noche. Nuestros padres seguían dormidos. Estaban todas las luces apagadas, y apenas se oía a los vecinos festejar un cumpleaños.

—¿Podemos quedarnos en la sala?

—¿Qué ocurre
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