Llegamos a la playa y mis padres alquilaron sillas y sombrillas, tres en total; unas usarían mis padres, la otra los padres de él y la última la compartiría con Aarón. No recordaba lo mucho que me gustaba pisar la arena con mis pies descalzos y lo caliente que se sentía entre mis dedos. Me coloqué un poco de bloqueador y eché mi cabeza para atrás. Se sentía tan bien, que había ignorado a Aarón por unos minutos hasta que se sentó en frente de mí.
—¿Me puedes oír? —preguntó Aarón mirándome fijame