Sebastian movió rápidamente la mano para sacar su arma.
— Un movimiento más, y la mato — declaró Alessandro, sin ninguna vacilación en la voz ni en la mirada.
Dália dejaba que las lágrimas corrieran por el miedo mientras miraba a Sebastian, haciéndolo sentirse más desesperado e impotente.
Seguramente, con un disparo podría acertarle en la cabeza, pero no podía arriesgarse; el cañón de aquella arma estaba contra la sien de Dália y, si algo le ocurría... No, ¡no podía pasarle nada! ¡Nada le iba a