Me giré y miré a Vanda, que esbozó una sonrisa burlona y se acercó.
–Entonces, además de ofrecida, ¿también eres una fisgona?–
La enfrenté sin mostrar sorpresa, miedo ni culpa, y respondí con calma y tranquilidad.
–Dália pidió hablar con su padre. Solo vine a llamar al señor Leonardo, pero veo que está ocupado. Volveré más tarde. Con permiso–
Intenté pasar junto a ella, pero Vanda bloqueó mi camino, colocándose frente a mí y mirándome con hostilidad.
–Ya entendí cuál es tu juego aquí, “niñera”.