Júlia oyó el sonido de ramas quebrándose bajo pasos que se acercaban, anunciando que Adrian estaba cerca.
— ¡JÚLIA! ¡Sé que están por aquí! — gritó Adrian por el bosque. — ¡No empeores las cosas! Si apareces ahora, puedo perdonar esta traición tuya.
Júlia permanecía allí, arrodillada frente a Dália, intentando soportar el peso de la trampa con sus propios dedos, pero no sabía cuánto más resistiría; si soltaba, ese metal podría cortar la pierna de la niña.
— M-mamá... — llamó Dália con voz débil