–¿Leonardo?– exclamó el hombre, admirado, mirando al recién llegado.
Leonardo frunció el ceño, confundido al escuchar su tono sorprendido y cercano.
–¿¡Eres tú de verdad!? ¡Ah, ven aquí!– Daniel se acercó a Leonardo, abrazándolo como si fueran grandes amigos.
Leonardo se quedó confundido y miró a Gabriel, que estaba a su lado.
–Señor, con permiso.– pidió Gabriel, apartando “amablemente” al hombre que abrazaba a su jefe.
–El señor Almonte está aquí para hablar con usted. Fui yo quien se puso en