–¡Habla!– insistió Leonardo, impaciente.
Adrian miró a Leonardo con profunda rabia, apretando los puños y los dientes.
Si decía allí que Dalia era su hija, llevado por la ira, Leonardo sería capaz de ordenar a esos hombres que se lo llevaran, lo golpearan y lo enterraran vivo por esas palabras. Tenía que ser cauteloso.
–Yo... yo solo vine a llevarlas para...–
El celular de Leonardo sonó, y con impaciencia lo sacó del bolsillo dispuesto a rechazar la llamada, pero era su madrastra. Pensó que pod