Justo en ese momento, la presión que sentía sobre mí desapareció repentinamente. Era Antonio. Él había llegado con sus hombres.
Agarró con fuerza a ese matón que me tenía sometida y lo arrojó violentamente contra la pared.
¡Bam!
El matón impactó contra la pared y luego se desplomó en el suelo, vomitando sangre.
Me encontré sentada, hecha un ovillo y con el rostro empapado en lágrimas, abrazando mis rodillas contra el pecho.
¡Una imagen verdaderamente lastimera!
Antonio se acercó y, con gesto pro