Dos almas jadeaban sin aliento. Antonio, al final, liberó mis labios rojos y lastimados justo cuando ya no podía soportarlo más.
Me apoyé en su pecho, jadeando profundo y agitado. Mis ojos brillaban con lágrimas, y el rímel en mis pestañas había perdido su brillo debido al dolor.
Mientras jugaba con la suavidad de mi pecho sin soltarlo, Antonio preguntó con voz entrecortada, —¿Qué pasa?
La decepción abrió la compuerta de mis emociones y las lágrimas comenzaron a caer. —¡Señor Morales, me estás a